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Cinco cosas que no sabes de mí
Quiero que sepas, por si no lo sabes ya, que soy un apático (1), un antipático (2) y un aburrido de marca mayor (3), y en realidad no sé qué podría decirte que fuese capaz de sorprenderte, o encajarte un repertorio de bendiciones.
Manual del cristiano tonto perfecto
Debería comenzar a organizar una especie de catálogo o repertorio sobre el tipo de cristiano que no quiero ser pero que está muy en boga y al que podría llamar “el cristiano tonto perfecto” (C.T.P). Y no es porque sea un petulante y antipático crítico de la paja en el ojo ajeno. Es que se ve y se comete tanta tontería que quizás me sirva para armar un manual de autoayuda y llevarlo en el bolsillo, pues yo también podría estar entre ellos.
Así, cuando no esté seguro de lo que hago o de lo que escucho, podría acudir a mi manual del C.T.P y comprobar si estoy haciéndome el tonto, engañándome o perdiendo mi tiempo, y de paso hasta la propia salvación.
La verdad se muere… de aburrimiento
La capacidad de asombro se acaba y nada se escapa a esa búsqueda enfermiza de lo sensacional, lo insólito, lo fantástico. Ni siquiera el propio Dios. En su afán de pasar a los primeros planos de la atención, los escritores, la prensa y hasta muchos religiosos y políticos permanecen a la caza de algún aspecto del acontecer diario que les permita elaborar una curiosa imaginería.
Constantemente estamos siendo bombardeados por suposiciones, medias verdades y mentiras rampantes que apelan a lo escandaloso, y lo más preocupante es que la gente todavía no se satura de tantas tretas: nos creemos cualquier cosa y hasta disfrutamos del engaño.
El Hombre de Río
La estatua de Jesús de 38 metros que domina la ciudad de Río de Janeiro cumplió este mes 75 años. Más que religiosa, se trata de una meca de la peregrinación turística. No fuiste a Río si no subiste con tu cámara fotográfica hasta la cima del morro del Corcovado, a los pies del gigantesco Cristo. Aunque, una vez allí, te sea imposible encerrar en tu lente a toda la imagen de brazos abiertos.
Nada de pagadores de promesas o gente postrada implorando al cielo, a pesar de que a semejante altura las nubes acarician tu rostro como suave neblina. Sólo un enjambre de turistas de todas partes del mundo y casi ningún carioca.
Una tarjetita, por favor
Ya están quedando atrás los tiempos en que la ofrenda religiosa, la caridad pública o la limosna se solicitaba con un gesto de piadosa súplica. Pero la gente sigue apegada a la romántica idea del escuálido desamparado a la orilla del camino que extiende su temblorosa mano por una moneda.
Por eso sigue causando escándalo y todavía se ve con recelo que iglesias, instituciones o personas pidan grandes sumas, con desenfado, en cuello y corbata y sin dar muchas explicaciones sobre qué harán luego con el dinero.
Ahora mismo le da la vuelta al mundo con enojo la noticia de que Marty Baker, un pastor estadounidense, implantó una nueva modalidad para recoger ofrendas en su iglesia: cajeros automáticos que aceptan tarjetas de crédito y de débito.





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